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La Iglesia crece con las familias verdaderamente cristianas –Audiencia general del 7 de febrero de 2007-

 Palabras del Papa en la basílica vaticana

Queridos hermanos y hermanas de las diócesis lombardas: 

Os saludo ante todo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, que habéis venido a Roma para la visita "ad limina Apostolorum". Saludo asimismo a los fieles que os acompañan en este significativo momento de intensa comunión con el Sucesor de Pedro. La Iglesia que vive en Lombardía, aquí representada en todos sus sectores, tiene que seguir desempeñando un papel muy importante en la sociedad lombarda:  anunciar y testimoniar el Evangelio en todos sus ámbitos, especialmente donde emergen los rasgos negativos de una cultura consumista y hedonista, del secularismo y del individualismo, donde se registran antiguas y nuevas formas de pobreza con señales preocupantes de malestar juvenil y fenómenos de violencia y criminalidad. Aunque parece que las instituciones y los diversos centros educativos atraviesan momentos de dificultad, no faltan, sin embargo, grandes recursos ideales y morales en vuestro pueblo, rico de nobles tradiciones familiares y religiosas. En el coloquio con vosotros, queridos hermanos en el episcopado, he constatado que la Iglesia en Lombardía es realmente una Iglesia viva, llena del dinamismo de la fe y también de espíritu misionero, capaz y decidida a transmitir la antorcha de la fe a las futuras generaciones y al mundo de nuestro tiempo. Os agradezco este dinamismo de la fe que tienen las diócesis de Lombardía.

Es amplio vuestro campo de acción. Por una parte, se trata de defender y promover la cultura de la vida humana y de la legalidad, y por otra, es necesaria una conversión personal y comunitaria a Cristo cada vez más coherente. En efecto, para crecer en la fidelidad al hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, hay que penetrar más íntimamente con coherencia en el misterio de Cristo y difundir su mensaje de salvación. Debemos hacer todo lo posible por conocer cada vez mejor la figura de Jesús, para tener de él un conocimiento no sólo "de segunda mano", sino un conocimiento a través del encuentro con él en la oración, en la liturgia, en el amor al prójimo. Ciertamente, es un compromiso difícil, pero sirven de consuelo las palabras del Señor:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, también hoy, mañana y hasta el fin del mundo. Por tanto, intensificad vuestro testimonio evangélico para que en todo ambiente los cristianos, guiados por el Espíritu Santo que habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en su templo (cf. 1 Co 3, 16-17), sean signos vivos de la esperanza sobrenatural. Nuestro tiempo, con tantas angustias y problemas, necesita esperanza. Y nuestra esperanza viene precisamente de la promesa del Señor y de su presencia. Os animo, queridos obispos, a guiar con solicitud al pueblo lombardo en este camino, contando en todas las situaciones con la indefectible asistencia divina. Sigamos adelante, en esa dirección, con la ayuda del Señor.

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Sala Pablo VI

Los esposos Priscila y Áquila

Queridos hermanos y hermanas: 

Dando un nuevo paso en esta especie de galería de retratos de los primeros testigos de la fe cristiana, que comenzamos hace unas semanas, hoy tomamos en consideración a una pareja de esposos. Se trata de los cónyuges Priscila y Áquila, que se encuentran en la órbita de los numerosos colaboradores que gravitaban en torno al apóstol san Pablo, a quienes ya aludí brevemente el miércoles pasado. De acuerdo con las noticias que tenemos, esta pareja de esposos desempeñó un papel muy activo en el tiempo pospascual de los orígenes de la Iglesia.

Los nombres de Áquila y Priscila son latinos, pero tanto el hombre como la mujer eran de origen judío. Sin embargo, al menos Áquila procedía geográficamente de la diáspora de Anatolia del norte, que da al mar Negro, en la actual Turquía; mientras que Priscila, cuyo nombre se utiliza a veces abreviado en Prisca, era probablemente una judía procedente de Roma (cf. Hch 18, 2).

En cualquier caso, habían llegado desde Roma a Corinto, donde san Pablo se encontró con ellos al inicio de los años cincuenta; allí se unió a ellos, dado que, como narra san Lucas, ejercían el mismo oficio de fabricantes de tiendas para uso doméstico; incluso fue acogido en su casa (cf. Hch 18, 3).
El motivo de su traslado a Corinto fue la decisión del emperador Claudio de expulsar de Roma a los judíos que residían en la urbe. El historiador romano Suetonio, refiriéndose a este acontecimiento, nos dice que expulsó a los judíos porque "provocaban tumultos a causa de un cierto Cresto" (cf. Vidas de los doce Césares, Claudio, 25). Se ve que no conocía bien el nombre —en vez de Cristo escribe "Cresto"— y sólo tenía una idea muy confusa de lo que había sucedido.

En cualquier caso, había discordias dentro de la comunidad judía en torno a la cuestión de si Jesús era el Cristo. Y para el emperador estos problemas eran motivo suficiente para expulsar simplemente a todos los judíos de Roma. De ahí se deduce que estos dos esposos ya habían abrazado la fe cristiana en Roma, en los años cuarenta, y que ahora habían encontrado en san Pablo a alguien que no sólo compartía con ellos esta fe —que Jesús es el Cristo—, sino que además era apóstol, llamado personalmente por el Señor resucitado. Por tanto, el primer encuentro tiene lugar en Corinto, donde lo acogen en su casa y trabajan juntos en la fabricación de tiendas.

En un segundo momento, se trasladaron a Asia Menor, a Éfeso. Allí desempeñaron un papel decisivo para completar la formación cristiana del judío alejandrino Apolo, de quien hablamos el miércoles pasado. Dado que este sólo conocía someramente la fe cristiana, "al oírle Áquila y Priscila, lo tomaron consigo y le expusieron más exactamente el camino de Dios" (Hch 18, 26). Cuando en Éfeso el apóstol san Pablo escribe su primera carta a los Corintios, además de sus saludos personales, envía explícitamente también los de "Áquila y Prisca, junto con la iglesia que se reúne en su casa" (1 Co 16, 19).

Así conocemos el papel importantísimo que desempeñó esta pareja de esposos en el ámbito de la Iglesia primitiva:  acogían en su propia casa al grupo de los cristianos del lugar, cuando se reunían para escuchar la palabra de Dios y para celebrar la Eucaristía. Ese tipo de reunión es precisamente la que en griego se llama ekklesìa —en latín "ecclesia", en italiano "chiesa", en español "iglesia"—, que quiere decir convocación, asamblea, reunión.

Así pues, en la casa de Áquila y Priscila se reúne la Iglesia, la convocación de Cristo, que celebra allí los sagrados misterios. De este modo, podemos ver cómo nace la realidad de la Iglesia en las casas de los creyentes. De hecho, hasta el siglo III los cristianos no tenían lugares propios de culto:  estos fueron, en un primer momento, las sinagogas judías, hasta que se deshizo la originaria simbiosis entre Antiguo y Nuevo Testamento, y la Iglesia de la gentilidad se vio obligada a darse una identidad propia, siempre profundamente arraigada en el Antiguo Testamento. Luego, tras esa "ruptura", los cristianos se reúnen en las casas, que así se convierten en "Iglesia". Y por último, en el siglo III, surgen los auténticos edificios del culto cristiano. Pero aquí, en la primera mitad del siglo I, y en el siglo II, las casas de los cristianos se transforman en auténtica "iglesia". Como he dicho, juntos leen las sagradas Escrituras y se celebra la Eucaristía. Es lo que sucedía, por ejemplo, en Corinto, donde san Pablo menciona a un cierto "Gayo, que me hospeda a mí y a toda la comunidad" (Rm 16, 23), o en Laodicea, donde la comunidad se reunía en la casa de una cierta Ninfas (cf. Col 4, 15), o en Colosas, donde la reunión tenía lugar en la casa de un tal Arquipo (cf. Flm 2).

Al regresar posteriormente a Roma, Áquila y Priscila siguieron desempeñando esta función importantísima también en la capital del imperio. En efecto, san Pablo, en su carta a los Romanos, les envía este saludo particular:  "Saludad a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús. Ellos  expusieron  su cabeza para salvarme. Y no sólo les estoy agradecido yo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad; saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa" (Rm 16, 3-5).

¡Qué extraordinario elogio de esos dos cónyuges encierran esas palabras! Lo hace nada más y nada menos que el apóstol san Pablo, el cual define explícitamente a los dos como verdaderos e importantes colaboradores de su apostolado. La alusión al hecho de que habían arriesgado la vida por él se refiere probablemente a intervenciones en favor de él durante alguno de sus encarcelamientos, quizá en la misma Éfeso (cf. Hch 19, 23; 1 Co 15, 32; 2 Co 1, 8-9). Y el hecho de que san Pablo, además de su gratitud personal manifieste la gratitud de todas las Iglesias de la gentilidad, aunque la expresión pueda parecer una hipérbole, da a entender cuán amplio era su radio de acción o por lo menos su influjo en beneficio del Evangelio.

La tradición hagiográfica posterior dio una importancia muy particular a Priscila, aunque queda el problema de una identificación suya con otra Priscila mártir. En todo caso, en Roma tenemos una iglesia dedicada a santa Prisca, en el Aventino, y también las catacumbas de Priscila, en la vía Salaria. De este modo, se perpetúa el recuerdo de una mujer que fue seguramente una persona activa y de gran valor en la historia del cristianismo romano. Ciertamente, a la gratitud de esas primeras Iglesias, de la que habla san Pablo, se debe unir también la nuestra, pues gracias a la fe y al compromiso apostólico de fieles laicos, de familias, de esposos como Priscila y Áquila, el cristianismo ha llegado a nuestra generación. No sólo pudo crecer gracias a los Apóstoles que lo anunciaban. Para arraigar en la tierra del pueblo, para desarrollarse ampliamente, era necesario el compromiso de estas familias, de estos esposos, de estas comunidades cristianas, de fieles laicos que ofrecieron el "humus" al crecimiento de la fe. Y sólo así crece siempre la Iglesia.

Esta pareja demuestra, en particular, la importancia de la acción de los esposos cristianos. Cuando están sostenidos por la fe y por una intensa espiritualidad, su compromiso valiente por la Iglesia y en la Iglesia resulta natural. La comunión diaria de su vida se prolonga y en cierto sentido se sublima al asumir una responsabilidad común en favor del Cuerpo místico de Cristo, aunque sólo sea de una pequeña parte de este. Así sucedió en la primera generación y así seguirá sucediendo.

De su ejemplo podemos sacar otra lección importante:  toda casa puede transformarse en una pequeña iglesia. No sólo en el sentido de que en ella tiene que reinar el típico amor cristiano, hecho de altruismo y atención recíproca, sino más aún en el sentido de que toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a girar en torno al único señorío de Jesucristo. Por eso, en la carta a los Efesios, san Pablo compara la relación matrimonial con la comunión esponsal que existe entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 25-33). Más aún, podríamos decir que el Apóstol indirectamente configura la vida de la Iglesia con la de la familia. Y la Iglesia, en realidad, es la familia de Dios. Por eso, honramos a Áquila y Priscila como modelos de una vida conyugal responsablemente comprometida al servicio de toda la comunidad cristiana. Y vemos en ellos el modelo de la Iglesia, familia de Dios para todos los tiempos.